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sábado, 25 de octubre de 2025

La primera piedra


 

Película, como su personaje central, más jodida de desentrañar de lo que parece aparentar en la capa superficial, probablemente con la que se queden quienes no sean capaces de identificar la historia de Enric Marco con la de este país, cainita y malversador, que prefiere a "adalides" de sofá que a bufones, sí, pero con más calidad humana y, seguramente, más amor al prójimo ¿Es MARCO la historia de un mentiroso compulsivo? Sí, pero también es un ruego, el que se desprende de la mirada de esa bestia llamada Eduard Fernández, que es la del hombre que lo ha visto todo y sólo quiere compartirlo, abrir las conciencias. Marco era el mejor don nadie que puede existir, el que lograba mover y remover, una fuerza de la naturaleza que cometió el pecado de ser personaje en vez de persona; eso, a día de hoy, en la era de la posverdad, de la inteligencia artificial, del genocidio en directo, de las luchas de clase cediendo ante el reality de los poderes fácticos, es una broma pesada. Personalmente, Enric Marco me parece más humano, generoso y luchador que la mayoría de la escoria política y mediática que nos rodea. Puedes tener muertos a miles, defraudar dinero a espuertas, emborracharte mientras tus "conciudadanos" se ahogaban o alimentar a grupos neonazis con dinero público para amedrentar, de nuevo, a tus "conciudadanos". Al lado de todo eso, Marco parece un tipo al que sólo quieres dar un abrazo... y por qué no, que te cuente su historia. Y el que no esté de acuerdo, que tire la primera piedra...
Esclarecedora, y no precisamente de una sola impostura.
Saludos.

sábado, 7 de marzo de 2020

Aquí al lado



Quien no conoce no sabe. Quien no ve no conoce. Pero todos podemos dejar de ver, de saber, incluso de existir, aunque no lo sepamos. Lo que realmente pone en imágenes LA TRINCHERA INFINITA no es otra cosa que esto, la toma de conciencia de la existencia misma, cuando ésta carece de todo sentido, ya que no es existencia en sí, sino la renuncia a ser, precisamente por conservar la vida. A lo largo de casi tres intensas, asfixiantes, demoledoras horas, nos encerramos con Higinio (descomunal Antonio de la Torre) en su casa, y después en el zulo que construye para esconderse de sus perseguidores cuando estalla la Guerra Civil. A su lado siempre estará su mujer, Rosa (conmovedora, brutal Belén Cuesta), y entre ellos, tras su amarga complicidad, la sombra de ese pequeño pueblo de algún rincón andaluz (me ha resultado inevitable sentirme identificado), como una amenaza latente para quien no puede simplemente salir a la calle. El gran hallazgo de esta espeluznante crónica de esos años (que ahora parece que nunca se han ido del todo), está en la modulación de ese ínfimo universo, cómo Higinio pasa las horas espiando las calles, cuando él es quien se siente espiado; el hartazgo de Rosa, que se debate entre el amor a su marido, la piedad a su situación y el impulso de marcharse para siempre. Película atenta a los detalles, con un desarmante uso de un idioma que aquí usamos todos los días, ensamblada entre las sombras de esa casa siempre cerrada y el contraste de la blancura del pueblo, estamos ante un punto de vista muy necesario para afrontar muchas de las cuestiones que nos siguen amartillando. Sólo falta saber si esperamos para tender la mano o para echar la soga al cuello...
Debió ganar los Goya, pero también ésa es una batalla perdida.
Saludos.

... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!