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viernes, 22 de mayo de 2026

Se acabó el honor



Me viene bien hablar un poco de THE KILLER ELITE, uno de los films menos conocidos de Sam Peckinpah, para ilustrar el desapego que me han producido las elecciones en mi tierra. Si pudiera, pediría la excedencia territorial, porque ver a los obreros no ya votando, sino directamente defendiendo a los señoritos que les esquilman lo suyo, y si no saben qué es lo suyo abran un libro, que buena falta hace. No suelo hablar de política tan directamente, pero luego se quejan de todo, y empiezas a entender por qué algunos se hacen asesinos a sueldo. Eso es lo que pasa aquí, en Andalucía y en la peli, donde Robert Duvall se enemista con James Caan por el vil metal, y por pegarle dos tiros, claro. Cierto que Duvall aquí sale sólo al principio y al final, mientras Caan es el protagonista de un metraje excesivamente sincopado, casi experimental, empleando 40 minutos en la rehabilitación del traicionado, para dar paso a un oscuro magnate japonés (o chino, no queda claro), que llega rodeado de ninjas (lo juro), al que Caan debe proteger, aunque Duvall es contratado por el mismo tipo para matarlo... Yo creo que le falla el montaje de Monte Hellman, tendente al caos controlado, que acaba por ser confuso y repetitivo, aunque Peckinpah se las arregla para entregar algunas escenas magníficas, probablemente un par de décadas de adelanto.
En fin. Menos quejas y más compromiso...
Saludos.

viernes, 20 de junio de 2025

Películas para desengancharse #149


 

Alfredo García es un don nadie, un tipo al que se le ocurrió dejar embarazada a la hija de un poderoso terrateniente mexicano; seguramente estaban enamorados, ella le echa de menos, pero su padre ofrece un millón de dólares a quien lo encuentre... y le traiga su cabeza. Hay pocas películas con una premisa argumental más potente, delirante e imprevisible que BRING ME THE HEAD OF ALFREDO GARCIA, tampoco tan libérrimas, anticipadoras de un posible "post-cine", en el que importa menos la literalidad, y mucho más la lírica desprendida de una historia que, por absurda, es aún más terrible, una vez resueltas sus claves. Anti road movie repleta de moscas, polvo, roña, cristales mugrientos, trasuntos de hostales cochambrosos, comidas incomibles y mucho tequila para sobrellevarlo todo, su idea de partida invoca a Beckett inmerso en un western figurativo, o una tragedia clásica que se despliega como si un comediante ametrallara a su audiencia por reírse. Pero lo que siempre ha distinguido el cine de Peckinpah son sus personajes, comenzando por un demoledor Warren Oates, mezcla de pianista, pistolero y otras tantas cosas, que se enamora poco a poco de una prostituta que canta, que cruza medio México tras la pista de Alfredo García... aunque en realidad ya está muerto. Es ese cine vibrante, indetectable, que ahora se llama independiente, de festivales, y entonces era el aullido del maverick insolente, del tipo que se atrevía a tirar al barro lo sublime y lo miserable, y hacerlos luchar. Cierto que su desenlace está un poco traído por los pelos, y parece poca cosa para la portentosa narrativa de Peckinpah, pero también puede que sea la única forma de culminar una historia enroscada sobre sí misma, con ojos de víbora moribunda y pulsión asesina.
Saludos.

viernes, 8 de septiembre de 2023

Películas para desengancharse #117


 

Hay al menos dos películas escondidas en el sincopado ritmo de STRAW DOGS, y no precisamente complementarias. Por un lado tenemos un thriller, narrativamente hablando, que explota mucho más tarde de lo usual, creando un clima de tensión creciente, hasta desembocar en un paroxismo terrible. Por el contrario, la atmósfera creada por Peckinpah nos lleva hasta los límites de la reflexión, otorgando al caos un poder omnímodo sobre la disertación filosófica ¿Qué es un hombre? ¿Para qué sirve entenderse? o ¿no tenemos todos nuestras propias razones? En la novela original de Gordon M. Williams (asimismo guionista no lo suficientemente reconocido) ya existía esta vocación, subversiva e incómoda, de aprovechar la palabra interior como símbolo de extrañeza, empujando a sus personajes hasta los límites de la moral. Y no ha envejecido demasiado bien, por mucho que rastreemos infinidad de títulos deudores de su "coreografía de la violencia", pero sigue siendo un film absolutamente recomendable como viaje iniciático para quienes pretendan establecer algún tipo de normativa curricular en estos tiempos de tanta planicie creativa. Es lo que siempre ha diferenciado a Peckinpah de otros coetáneos suyos, esa disposición a regalar con generosidad, por supuesto un trabajo retorcido y angustioso, pero también un salto adelante para derribar viejos clichés y estereotipos. 
Y es un film que engancha sí o sí.
Saludos.

miércoles, 3 de abril de 2013

Orígenes del Western crepuscular



No está muy claro en qué momento exacto empezó a acuñarse el término "crepuscular" para referirse a un western de corte (y voy a intentar hilar fino) melancólico y en el que el protagonismo queda en manos de actores veteranos, antiguas estrellas del género, que dan vida con su más que probada solvencia a personajes cansados pero decididos, y normalmente con un solo propósito en la cabeza: resolver cuanto antes la famosa "última misión" y retirarse plácidamente, que también los pistoleros duros tienen derecho a una jubilación digna, digo yo. La cosa es que, al haberse convertido este sub-subgénero en todo un filón, es poco menos que pertinente acordarse de uno de esos títulos fundamentales y referenciales, materia de regocijo y degustación en cualquier paladar cinéfilo mínimamente sensible. Me refiero, ustedes saben, a RIDE THE HIGH COUNTRY (DUELO EN LA ALTA SIERRA), abrumador retrato cincelado en piedra de dos personalidades que, gracias a una excelente dirección de actores, quedan perfectamente delineadas y al servicio de una historia que gana enteros a medida que se va desarrollando, con tanta inteligencia como mala uva. Joel McCrea y Randolph Scott están simplemente inolvidables dando vida a dos antiguos compañeros de "aventuras" que se unirán para escoltar un cargamento de oro desde un campamento minero, un trabajo que, dado su alto grado de peligrosidad, ha sido rechazado por todo el mundo pese a su generosa remuneración. Sin embargo, mientras el interés del primero es realizar la entrega y retirarse, el segundo planea robar la carga aún cuando su socio, al que no cuenta sus intenciones, se oponga a ello; es decir: que lo hará por las buenas o por las malas. En el periplo les acompañará un joven impetuoso e inexperto; se toparán con un fanático religioso que mantiene recluida a su joven hija y ésta huirá con el trío hacia el campamento, donde les esperarán los Hammond, inolvidable troupe de semitrogloditas que se convertirán en el último escollo de una misión casi imposible. Uno de esos títulos inmortales, rotundos, y que, como no podía ser de otra manera tratándose de un kamikaze como Peckinpah, dejó boquiabiertos a los que sólo un año antes asistieron a su infame primera película, de cuyo resultado final creo que él tuvo bastante poco que ver. Pero ésta es otra cosa... Casi un poema de amor y lealtad con dos viejos de protagonistas. Impensable para nuestros días...
Saludos en todo lo alto.


sábado, 25 de octubre de 2008

El cineasta y el hombre

El cineasta se llamaba Sam Peckinpah, el hombre también.
Y negar la influencia que su propia vida tuvo en su obra sería negar el alma de uno de los más grandes directores de todos los tiempos. Porque el cine de Peckinpah es Peckinpah mismo; autoritario y rebelde; desengañado y violento; seco y cortante; conciso hasta las últimas consecuencias.
Peckinpah hizo de la violencia en pantalla todo un arte; y, a diferencia de los quirúrgicos trabajos de Kubrick, no hay un bien y un mal definidos en medio de la violencia, sólo desesperación, lucha por la supervivencia y mucho odio acumulado.
THE WILD BUNCH se rodó casi cuando el western comenzaba a vislumbrar su ocaso tras tres décadas de incesantes tratados sobre la "mitologia" del salvaje oeste. Ahora bien, mucho ojo, porque quien quiera encontrar un relato "crepuscular" (lo que se ha sobado esta palabra) a lo Eastwood aquí sólo hallará la antítesis de nociones tales como "nostalgia" o "fracaso". El fracaso que Peckinpah tan magistralmente aborda en esta obra maestra absoluta es, sobre todo en el impactante y aún no superado final, un fracaso asumido, el del salvaje grupo de atracadores que sabe que ha llegado la hora de morir; hermosísima metáfora sobre lo que al western le iban a deparar los siguientes años de sequía, cuando no de vergüenza.
Se ha escrito muchísimo sobre esta película de difícil ubicación, pues si ha servido de inspiración (incontables veces) no ha sido precisamente en posteriores westerns, habida cuenta de lo pobre que este género fue a partir entonces, sino, curiosamente, como puerta de apertura a cineastas que no han cultivado el western pero sí han intentado sublimar la violencia como forma lícita de expresión en el cine. Los malos son malos porque son malos, no se les va a dar ni una oportunidad, ni siquiera antes de saber que van a morir. Los malos matan a los malos, así que ¿hay alguien bueno por ahí? En las películas de Peckinpah casi nadie es bueno del todo... ¡qué coño!, todos son bastante hijos de puta.
Salvajes saludos.
... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!