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viernes, 19 de abril de 2024

El poder del cine


 

Quizá no era tan buena, o quizá no era tan mala. CERRAR LOS OJOS es un milagro. Un milagro que Erice haya levantado una película treinta años después. Pero también un milagro de imágenes, de conformar una historia donde no la hay, de abandonarse y abandonarnos a la luz, que la luz se haga milagro. Qué nos importa a estas alturas si habla de esto o de aquello, seamos felices antes de que la sala se quede a oscuras, porque luego no habrá ya nada. Milagroso el destello de humanidad, de creencia, de fe en el ser humano. Para ello una película chusca, afectada, inacabada, yo creo que ni película, más bien un retazo de memoria que existe por la luz. Ahí está la historia que quiere contar Erice, suspendida en un alambre fino y frágil, mirando seria a lo ridículo de esta era de la saturación con la paciencia de un hombre que ha observado para permitirse el lujo de olvidar. Es irse para quedarse, es perder para encontrar, y es el significado del amor que se mantiene imperturbable, el de la amistad que no sabe de barreras ni tiempo. Quien esperase una película perfecta va aviado, porque esto es otra cosa. Lo voy a decir otra vez: un milagro.
Y un lujo.
Saludos.

jueves, 7 de enero de 2010

Anatomía de un árbol

Hay más cine en un plano fijo de EL SOL DEL MEMBRILLO que en 500 horas de superproducción de AVATAR, con miles de ejecutantes y millones de detalles. Y si no lo digo reviento. Víctor Erice, el cineasta más importante de este país junto a Buñuel y Berlanga, decidió en su tercera película atrapar lo imposible, el laborioso, minucioso e introspectivo proceso de creación de una obra de arte. En este caso, el gran Antonio López intenta pintar un membrillero que está plantado en el patio de su casa. Y esto es todo, no intentemos buscar aquí grandes preguntas filosóficas ni trascendentes disertaciones culturetas, porque Erice realiza un puro ejercicio de sencillez y lógica narrativa; López desayuna en su casa, observa el árbol, prepara los bocetos con su habitual obsesión por la perfección y la exactitud, marca las hojas con cruces para fijar sus puntos de apoyo de perspectiva... Pero hay algo que sobrepasa al artista. La luz del sol que se filtra por las hojas y las ramas no puede ser atrapada, hace que la visión del árbol cambie cada día, porque la luz nunca es la misma. López nos muestra cómo nada de su genio es capaz de solventar este problema, por lo que va desistiendo poco a poco hasta que decide abandonar el proyecto. Al final, una escena reveladora logra casi la humanización del membrillero, mostrando su desnudez con los frutos podridos en el suelo del patio. Al igual que ocurría en LA BELLE NOISEUSE, de Rivette, lo mejor y más importante del film es ver a Antonio López en pleno proceso creativo, por lo que se vuelven en su contra otros momentos más banales y accesorios que Erice utiliza, seguramente, para dotar de mayor veracidad a algo que no lo necesita, ya es verdadero en sí mismo; me refiero a los obreros rusos (creo que eran rusos) que trabajan en la casa de López arreglando algo, sus cortados diálogos con su mujer, las visitas de amigos a los que les es explicada la dificultad por la que está pasando el pintor. Son momentos que por un lado ayudan a que no se pierda el concepto de "película" en un trabajo que es mucho más que eso, pero que resultan un poco confusos y hasta molestos, teniendo en cuenta qué es lo que de verdad interesa contar tanto al cineasta como al pintor. Al margen de estas consideraciones, lo cierto es que EL SOL DEL MEMBRILLO es una joya, un lujo que este país no puede permitirse obviar. Han pasado dieciocho años desde entonces y no sé si Erice volverá a rodar, puede que no nos hayamos enterado aún de ciertos ritmos vitales.
Saludos de un membrillo.

jueves, 30 de abril de 2009

La belleza de lo parcial

Víctor Erice, uno de los pocos directores de cine españoles que pudo, en su momento, dar un giro sustancial, aparte de cierta entidad, al desnaturalizado cine español. Un cineasta antes crítico, luego hombre, en medio tres pausas de diez años cada una. Bueno, la última dura ya diecisiete y no parece que vaya a alterarse próximamente.
Yo no sé si Erice es uno de los tipos que más saben de cine en este país, pero no me cabe duda de que ha demostrado con sus tres films que es uno de los grandes nombres y que eso no hay quien lo discuta.
Hablé en su momento de la que considero su mejor obra, EL ESPÍRITU DE LA COLMENA; así que hoy le va a tocar a ese diamante extraño que es EL SUR.
EL SUR es la sosegada historia de amor entre un padre y su hija (nobleza obliga), y un minucioso y deseperado retrato de las miserias y carencias del periodo de posguerra en una apagada ciudad de provincias. Y EL SUR también es un luminoso tratado acerca del cine y su fascinante atracción, tema que ya abordó Erice en su primer trabajo. Y un descomunal tratado sobre el fuera de campo, imposible cuanto que toda la película gira en torno a un fuera de campo bigger than life (perdón), una ausencia que se torna insoportable: Sí, claro, el sur. El sur como concepto y no sólo como sitio de raíces al que aspirar a volver. Mientras el film todo es norte, palpamos ese sur inalcanzable, casi mitificado en ese puente emocional que forman unos inconmensurables Omero Antonutti e Icíar Bollaín, que en clave casi de cine mudo impresionan por su muda locuacidad.
Sabida es la ¿anécdota? ¿leyenda? ¿maldición? que ocurrió en mitad del rodaje, donde el férreo control de Elías Querejeta casi obligó a Erice a no continuar con su "segunda parte", la cual iba a desarrollarse en ese "sur" que había sido deliberadamente obviado en imágenes. Hubo un pase privado (con la película a medio rodar, recordemos) que entusiasmó tanto a Gilles Jacob que Erice no tuvo más remedio que claudicar de su empeño de continuar con el proyecto. Una vez más, Querejeta.
No sé qué hubiera ocurrido, pero este "SUR", pese a no verse, pese a transcurrir en el norte, sigue cautivándome de una forma casi sobrenatural. Insuperable la escena en la que Suspiros de España suena en ese restaurante, de esa época, con esas personas de entonces, sólo de entonces.
Saludos desde el sur.

miércoles, 28 de mayo de 2008

Sencilla mente

Que el cine de Víctor Erice debería haber servido de ejemplo a seguir por una cinematografía tan maltrecha como la española, es algo tan sobado que a estas alturas adquiere tintes de leyenda urbana.
¿Es posible que la paciente, milimétrica, sensibilísima trayectoria de este enorme creador corra el riesgo de hundirse en las ciénagas del mito inventado? ¿Preguntará alguien dentro de cicuenta años qué sentido tiene hacer una película cada diez?
Me importa muy poco una vez que sigo asistiendo a la rotundidad de esa obra de arte (que debería serlo también de exhaustivo estudio en las escuelas de cine) que es EL ESPÍRITU DE LA COLMENA.
Pero añadamos también, aunque con toda seguridad las comentemos más adelante, sus otras dos obras en formato largo, EL SUR y EL SOL DEL MEMBRILLO (si obviamos LOS DESAFÍOS), pues considero esta "trilogía" tan imprescindible como inseparable.
Acerca de la que nos ocupa, treinta y cinco años después se reivindica como estandarte de esa "nueva ola" inexistente, que pudo ser pero nunca fue, que ahora, insisto, se toma como modelo para los trabajos españoles más interesantes.
Erice tomó lo más amargo de la españolidad y, con un tacto finísimo, que probablemente beba más de fuentes orientales que otra cosa, dejó caer que en lo gris y cotidiano también se esconde lo mágico, lo inasible, la poesía. La mirada limpia de una Ana Torrent sublime (ojo, que estoy hablando de una niña) nos embarca en la fascinación como vía de escape que supone el cine (acertadísima la elección de FRANKENSTEIN) y la contrapone con el desencanto-derrota anarquista del padre, violadas todas sus convicciones por la intransigencia.
Ponen los vellos de punta esos pocos planos simplísimos donde apenas aparecen una casucha derruida (la guerra), un pozo (la miseria) y el infinito y horizontal campo castellano (la desesperanza). En esa humildad de medios, Erice pone en pie una impresionante parábola sobre vencedores y vencidos. Se muestra el despiadado arrollamiento de la inocencia, el sentimiento de culpabilidad que ha sobrevivido incluso a sus fascistas padres o la crueldad de quien nada se pregunta porque nada quiere saber.
Aparte está la maravillosa fotografía de Luis Cuadrado, la música de Luis de Pablo, aparte está el momento mágico del encuentro de la niña y el "monstruo", y esa vía del tren que marca el fin (o comienzo) de trayecto para según qué personajes, o la recreación simplemente insuperable de Fernán Gómez o la sensación, y eso pasa cada cien o doscientas películas, de estar asistiendo a un punto incógnito en nuestras vidas (llámenlo revelación si quieren) donde, casi en silencio, transmutamos en un ser mejor. Y eso es mucho, demasiado.
Saludos envueltos en dulces zumbidos.
... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!