
Para un blog de jazz, nada mejor que otro blog de jazz.
O mejor aun, valgan las redundancias, nada mejor que otro blog de jazz mejor al que uno desearía hacer.
Eso me pasa personalmente con blogs que, gracias al perfil que elaboran de una grabación, me hacen olvidar la urgencia de lo nuevo y me obligan inteligentemente a detenerme en discos que ya tienen la estatura de clásicos o que merecieron tenerla.
Barcelona Jazz Bar de Eduardo Hojman es uno de ellos. Cada vez que lo visito mi tiempo se detiene y me interno en el placer de la lectura.
Sucede que Hojman combina en sus análisis la mejor prosa literaria con el profundo conocimiento que ha adquirido con sus miles de horas en el aire del jazz.
Eduardo Hojman nació en Buenos Aires en 1964 y actualmente reside en Barcelona. Es licenciado en Ciencias de la Comunicación y traductor literario. Colabora en secciones y suplementos culturales argentinos y españoles como los del periódico ABC y en las revistas especializadas
Cuadernos de Jazz y
Jaç. Es miembro de la
Jazz Journalists Association de Estados Unidos. Trabajó como editor de ficción extranjera en la editora
Emecé, donde creó la colección Narradores Actuales. Algunos de sus cuentos fueron seleccionados en las Bienales I y III de Arte Joven (1989 y 1991) y galardonados en el concurso "Homenaje a Julio Cortázar" del Fondo Nacional de las Artes.
La belleza de su escritura fue mi elección para la
primera entrada de QUINTAESENCIA y, si bien en la columna lateral encontrarán desde hoy un vínculo que les dirija directamente a su interesante blog, la siguiente es otra magnífica muestra de la sutileza que emplea cada vez para encantarnos con el jazz.

Hay quienes la comparan con Billie Holiday. Se la cita como influencia directa de Peggy Lee, Rosemary Clooney o Dinah Shore. Sin embargo, su nombre nunca estuvo asociado al panteón de las grandes vocalistas de jazz. «Jamás ha recibido el crédito que se merece», dijo de ella Truman Capote. Pero su influencia fue mucho más allá de su rango estilístico o su insoslayable sensualidad: al ser la primera cantante en dedicar un álbum entero al mismo compositor, Wiley inventó lo que se conoció como «songbooks», formato luego popularizado por Ella Fitzgerald.
Con ustedes, la misteriosa dama blanca del jazz.
Lee Wiley nació en 1908. Lee Wiley nació en 1915. Lee Wiley nació en 1910. Era descendiente directa de una princesa cherokee, a lo que debía su altiva y letal belleza, su mote de «Pocahontas» y su carácter monárquico. Huyó de su casa en la década del ’20 para ir a Nueva York y volcarse al jazz. A principios de la década siguiente, la caída de un caballo la dejó ciega, pero recuperó la vista y tanto ese accidente, como un roce con la tuberculosis, interrumpieron su carrera musical pero no la anularon. Todos, al parecer, querían casarse con ella, incluído Artie Shaw, quien, con ocho bodas a sus espaldas, le propuso matrimonio a Lee. Ella, a la sazón con dos ex maridos, se rehusó. Trabajar con Lee Wiley era difícil y conflictivo; trabajar con Lee Wiley era una maravilla. Era alcohólica, y condenaba manifiestamente las adicciones de otros músicos. Era orgullosa a un extremo. Daba tanta importancia al poder de su belleza que la presunta declinación de ésta fue una de las razones de su retiro a partir de la década de los sesenta.
La biografía de esta misteriosa cantante es (como su voz) líquida, fluye sinuosa entre los hechos y la fantasía, entre las leyendas promocionales y los adjetivos de incondicional admiración por su voz y su belleza (cabello del color del trigo, piel olivácea) que la salpican. Entre la buena cantidad de «oportunidades doradas» que perdió por su carácter o su integridad, destaca un acontecimiento: su renuncia a formar parte de uno de los programas radiales más importantes del momento por la negativa de los productores de incluir al compositor Victor Young, quien era en esa época su compañero sentimental y profesional.
En 1939, Wiley grabó un «álbum» (ocho «lados» de 78 rpm) dedicado íntegramente a Gershwin. Su éxito la instó a hacer lo propio con Cole Porter en 1940, el tándem Rodgers & Hart en 1940 y 1954, Harold Arlen en 1943 y el dúo compositivo Youman-Berlin en 1951, creando en los hechos lo que luego se conoció como songbooks o cancioneros, ese formato tan popularizado por Ella Fitzgerald. En el medio, grabó Night in Manhattan, un disco de 10 pulgadas (un formato intermedio y desaparecido, más pequeño que el LP que conocemos) con ocho canciones, algunas clásicas, como Manhattan de Rodgers & Hart, otras menos conocidas, como Any time, any day, anywhere, de la que ella compuso la letra. Aparecido en innumerables compilaciones, este disco, en la que Wiley canta acompañada de Bobby Hackett y Joe Bushkin, forma el centro de la edición que nos ocupa, a la que se le añadieron cuatro temas más con un dúo de pianistas, Stan Freeman y Cy Walter. Para muchos su mejor disco, Night in Manhattan es perfecto en los ocho temas originales, que suenan, a la vez, deliciosamente anticuados y profundamente sensuales, con una voz que puede ir de la ronquera insinuada al vibrato más rancio, y que expresa una extraordinaria densidad de significados en prácticamente cada nota. La trompeta de Hackett la acompaña con la dosis justa de discreción y protagonismo, y en este marco Wiley llega incluso a insinuar un tono cool, una sutil ironía, que le va perfecto. Los temas con el dúo de pianistas no están a la misma altura; en cualquier caso, Night in Manhattan es hoy tal vez la mejor opción para sortear el bache de la ignorancia e impregnarse de Lee Wiley, la Greta Garbo del jazz, como se ha dicho por ahí.
Lee Wiley
Night in Manhattan
Lee Wiley (voc.); Bobby Hackett (t); Joe Bushkin, Stan Freeman, Cy Walter (p).
Nueva York, 1950
