"Kafka en la orilla" es, quizá, el libro más profundo de Murakami. El autor, al igual que sus personajes, sigue buscándose y planteando sus principales obsesiones: heridas de amor, personajes desaparecidos, gatos portadores de mensajes, amores inalcanzables, mucha música y personajes extraños, sin olvidar sus referencias (o preferencias) literarias: Hegel, Tolstoi, Chéjov, Shakespeare.
La obra consta de dos historias diferentes, pero relacionadas entre sí y la narrativa avanza y retrocede entre ambas historias, alternando capítulos para contar cada una de ellas. El título refiere no solo al personaje principal de la novela, sino también a una obra pictórica y a una canción.
Por un lado, los capítulos pares hablan sobre la trágica vida de Satoru Nakata, un anciano discapacitado desde la Segunda Guerra Mundial por un extraño accidente en una excursión escolar por el bosque, que se dedica a buscar gatos perdidos.
Por otro, los capítulos impares cuentan la historia de Kafka Tamura —nombre inspirado en Franz Kafka—, un joven fornido, alto e inteligente, que huye de la casa de su padre —el famoso escultor Koichi Tamura—, el mismo día que cumple 15 años. Su madre y su hermana habían abandonado a la familia cuando él apenas era un niño y su padre está convencido de que su hijo habría de repetir el mismo infeliz destino de Edipo. Tiene un alter ego, "El joven llamado Cuervo" —'Kafka' suena como 'kavka' que significa grajilla en checo, una especie de cuervo— que interactúa con él y le recuerda constantemente que debe ser "el chico de quince años más fuerte del mundo".
Al irse de su casa, el destino lo lleva rumbo al sur del país, más precisamente a Takamaksu, llegando a una biblioteca que se convertirá en su refugio. Allí conoce a una mujer bastante mayor, llamada Saeki que tiene características muy misteriosas y que bien podría ser su madre. Antes de esto, en el autobús que toma para escaparse, Kafka conoce a Sakura, que bien puede ser su hermana.
Pasa sus días tranquilo leyendo "Las mil y una noches" y las obras de Natsume Sōseki, hasta que un día la policía empieza a investigarlo por su extraña conexión con un macabro asesinato. Kafka Tamura deberá escapar otra vez, y será el bibliotecario Ôshima —un chico de 21 años, intelectual, hemofílico y homosexual—, quién lo guíe a un bosque entre las montañas y le preste la cabaña de su familia para esconderse.
Finalmente, en un plano más metafísico que real, los destinos de Kafka Tamura y Nakata seguirán un curso de colisión inminente.
Pero vayamos a nuestro "juego". Ya en los comienzos, en el Capítulo 5, nos enteramos por qué las bibliotecas son tan importantes para el joven prófugo:
Hasta el anochecer, decido matar el tiempo en una biblioteca. Había averiguado de antemano qué bibliotecas había en los alrededores de Takamatsu. Desde pequeño, yo siempre he matado las horas en las salas de lectura de las bibliotecas. No son muchos los sitios adonde puede ir un niño pequeño que no quiera volver a su casa. No le está permitido entrar en las cafeterías, tampoco en los cines. Únicamente le quedan las bibliotecas. No hay que pagar entrada y, aunque vaya solo, no le dicen nada. Allí puede sentarse y leer todos los libros que quiera. A la vuelta de la escuela, yo siempre iba en bicicleta a la biblioteca municipal del barrio. Incluso los días festivos solía pasar largas horas allí solo. Cuentos, novelas, biografías, historia: leía todo lo que encontraba. Y, cuando había devorado todos los libros infantiles, pasaba a las estanterías de obras para el público en general y leía los libros para adultos. Incluso los que no entendía los leía hasta la última página. Y cuando me cansaba de leer, me sentaba ante los auriculares y escuchaba música. Carecía por completo de cultura musical, así que iba escuchando por orden todos los discos que había, empezando por la derecha. Y así fue como descubrí la música de Duke Ellington, los Beatles, Led Zeppelin.
La biblioteca era como mi segunda casa. En realidad, es posible que fuera mi verdadero hogar. A fuerza de ir cada día acabé conociendo de vista a todas las bibliotecarias. Ellas sabían mi nombre, me saludaban al verme y me dirigían frases cariñosas (aunque yo muy pocas veces respondía porque soy terriblemente tímido).
Hay que llegar al Capítulo 25 para encontrar nuestra primera "pista" jazzística:
Vuelvo a mi habitación, miro la partitura de "Kafka en la orilla del mar" que me ha impreso Ôshima. Tal como imaginaba, la mayoría de los acordes son muy sencillos. Y en el estribillo hay dos que son increíblemente complicados. Voy a la sala de lectura, me siento ante el piano vertical, pulso las teclas. La digitación es dificilísima. Practico una vez tras otra, domo los músculos de los dedos, al final logro reproducir un sonido similar. Primero, los acordes suenan todos mal, parece que me haya equivocado. Me pregunto incluso si no habrá algún error de impresión. O si, tal vez, el piano está desafinado. Pero a fuerza de ir escuchando con gran atención, una y otra vez, el eco de los acordes de forma alternativa me convenzo de que es justo en estos dos acordes donde reside el interés de la canción. Son estos dos acordes los que confieren a "Kafka en la orilla del mar" una profundidad de la que carecen las canciones pop más normales. Pero ¿cómo diablos se le pudieron ocurrir a la señora Saeki unos acordes tan fuera de lo común?
Vuelvo a mi habitación, caliento agua en la tetera eléctrica, me preparo un té, me lo tomo. Luego voy poniendo en el plato del tocadiscos, uno tras otro, los discos que me traje del trastero. "Blonde on Blonde", de Bob Dylan; "White Album", de los Beatles; "Dock of the Bay", de Otis Redding; "Getz/Gilberto", de Stan Getz. Todos, música que triunfó a finales de los 60. El chico que estaba en esta habitación —junto al cual, con toda seguridad, debía de encontrarse la señora Saeki— ponía estos discos en el plato, igual que estoy haciendo yo ahora, bajaba la aguja y escuchaba la música que salía por los altavoces. Esta música traslada la habitación entera, incluyéndome a mí, a un tiempo extraño. A un mundo de cuando yo aún no había nacido. Escuchando esta música, intento reproducir en mi mente, con la mayor exactitud posible, la conversación que he tenido esta tarde con la señora Saeki en el primer piso.
"Pero, a los quince años, yo estaba segura de que en este mundo existía un lugar así. De que la entrada a un mundo distinto estaba escondida en alguna parte y de que yo podría encontrarla".
Stan Getz • João Gilberto
Getz / Gilberto
1 - The Girl From Ipanema
2 - Doralice
3 - P'ra Machuchar Meu Coração
4 - Desafinado
5 - Corcovado
6 - Só Danço Samba
7 - O Grande Amor
8 - Vivo Sonhando
Stan Getz (saxo tenor), João Gilberto (guitarra y voz), Antonio Carlos Jobim (piano), Milton Banana (batería), Astrud Gilberto (vocalista en #1 y #5).
Grabado en Nueva York, el 18 y 19 de marzo de 1963.
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Finalmente, nuestra segunda "pista" aparece en el Capítulo 39. Kafka Tamura nos cuenta sobre su estancia en el bosque:
Mi segundo día en la montaña transcurre, como siempre, de una manera lenta y continua. El tiempo es casi lo único que diferencia un día del día anterior. Si la meteorología fuera la misma, perdería en un instante la noción del paso del tiempo. Dejaría de poder distinguir el día de hoy del de ayer, el día de hoy del de mañana. El tiempo parecería un barco que, una vez perdida el ancla, vaga a la deriva por la extensa superficie del mar.
Cuento los días. Estamos a martes. Hoy, la señora Saeki —si hay algún visitante, por supuesto— efectuará la pequeña visita guiada por el interior de la biblioteca, igual que siempre. Como el día que crucé por primera vez el portal de la Biblioteca Conmemorativa Kômura. Ella sube las escaleras sobre sus finos tacones. El eco de sus pasos resuena por el interior de la biblioteca. Las medias brillantes, la blusa inmaculada, el pequeño par de perlas en sus orejas, la Montblanc sobre el escritorio. Su sonrisa plácida (aunque proyecte la larga sombra de la resignación). Todo eso queda muy lejos ahora. Nada me parece siquiera real.
En el sofá de la cabaña, aspirando el olor de la tela descolorida, pienso de nuevo en nosotros dos, en la señora Saeki y en mí haciendo el amor. Resigo mis recuerdos, uno tras otro, voy evocando aquellas imágenes. Ella se desnuda despacio. Luego se mete en la cama. Ni que decir tiene que mi pene empieza a ponerse de nuevo en erección. Duro como una roca. Pero ya no me duele como ayer. El enrojecimiento del glande también ha desaparecido.
Harto de encontrarme inmerso en fantasías sexuales, salgo afuera y realizo mi programa gimnástico. Hago ejercicios para fortalecer los músculos del abdomen utilizando la barandilla del porche. Acometo una tanda de abdominales a ritmo acelerado, luego, una dura tanda de estiramientos. Sudo tan profusamente que voy al bosque, empapo la toalla en el arroyo y me friego todo el cuerpo con ella. El agua está fría. Apacigua un poco mi exaltación. Luego me siento en el porche, escucho Radiohead en el "discman". Desde que me escapé de casa he estado escuchando reiteradamente la misma música. "Kid A", de Radio-head; "Greatest Hits", de Prince. Y, de vez en cuando, "My Favorite Things", de John Coltrane.
Y un poco más adelante, en el Capítulo 41, la música de Coltrane vuelve a aparecer mientras Kafka camina por el bosque:
Silbo para llenar el silencio. Silbo la melodía del saxo soprano de "My Favorite Things", de John Coltrane. Ni falta hace que diga que mi dudoso silbido no logra reproducir aquella complicada improvisación que cubre todas las notas musicales. Sólo añado algunos sonidos a los que me vienen a la cabeza. Mejor eso que nada.
(...)
En cierto momento, John Coltrane termina de tocar su solo de saxo soprano. Ahora es el solo de piano de McCoy Tyner lo que resuena en mis oídos. La mano izquierda marca el monótono ritmo, la derecha acumula gruesos y oscuros acordes. La música describe vívidamente, con todo lujo de detalles, las circunstancias del tenebroso pasado de alguien (alguien sin nombre, alguien sin rostro) que van siendo arrancadas, como si fueran vísceras, del corazón de las tinieblas, tal como ocurriría en alguna escena de algún mito. Al menos así es como suena a mis oídos. Aquella música paciente y reiterativa va haciendo, poco a poco, que la realidad se desmorone y la va reconstruyendo de forma diferente. Desprende un hipnótico olor a peligro. Como el bosque.
John Coltrane
My Favorite Things
1 - My Favorite Things
2 - Everytime We Say Goodbye
3 - Summertime
4 - But Not For Me
John Coltrane (saxo soprano [#1 y #2], saxo tenor [#3 y #4]), McCoy Tyner (piano), Steve Davis (contrabajo), Elvin Jones (batería).
Grabaciones realizadas en Atlantic Studios, Nueva York, el 21 de octubre de 1960 (#1), el 24 de octubre de 1960 (#3), y el 26 de octubre de 1960 (#2 y #4).